Los libros / los naufragios…

Los libros / los naufragios…

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Los libros / los naufragios…

Escrito por Geovannys Manso

Intentaba recordar ayer cuál fue el primer libro, el primer libro que fundó mi biblioteca. Mi memoria nunca ha sido pródiga, así que ese primer libro, esa primera cubierta se diluye, como tantos sucesos de mi vida que alguien me narra y yo me pregunto: ¿y eso cuándo fue? ¡Un desastre, la memoria y yo!

De todos modos, apostaría por El Hobbit, de Tolkien. Si no fue el primero, es, sin dudas, la primera lectura que me sacudió los huesos, que me traspuso al mundo de la imaginación y la fábula.

Mis primeros libros, se amontonaron encima del escaparate de mi madre María Virginia y en sacos, debajo de su cama. La casa era demasiado pequeña para colocar libreros. Luego, cuando estudiaba Medicina, durante la década de los 90, mis libros inundaban mi taquilla y ocuparon la parte de arriba de mi litera, desocupada por suerte. De allí, me robaron una edición chilena de La casa de los espíritus, de la Allende y la edición cubana de tapa dura de Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Ortiz. Ya tenía mi primera máquina de escribir y sus traqueteos nocturnos provocaba el insomnio de mis compañeros de albergue. Pero esa, es otra historia.

Fotografía: Cortesía del Autor

En el 2000, logré reunir mis libros, los de aquí y los de allá y llevarlos a mi Consultorio Médico, en la Quinta, un pueblito de Camajuaní. Por allí anduve dos años. Cuando decidí que no quería ser más médico, mi padre me ayudó a mudarme a la playa Juan Francisco, gracias a la casa que me prestó un paciente. Dejé para siempre los libros médicos, algunos cientos de ejemplares de diversas materias. Juré no leer un libro más vinculado a la medicina y solo me llevé la parte literaria de mi biblioteca. Una parte de ella terminó en aquella playa y otra, en casa de mi padre, en Sagua la Chica.

Unos meses después, estaba en Santa Clara, alquilado, en sitios casi siempre deplorables, donde pululaban las goteras. Los libros, fueron allí. Iba de una casa a otra, cargando cajas y más cajas. Por entonces, terminé de escribir mi primera novela: La isla inmersa, que publicaría en 2007, creo.

Fotografía: Cortesía del Autor

Durante treces años, mis libros vivieron su etapa más calma. Junto a mí, se mudaron al centro de la ciudad, ocuparon libreros que construí con esmero y también junto a mí, presenciaron el nacimiento de mis hijos: Dylan y Violante y el nacimiento de nuevos libros que escribí allí. Solo un sobresalto: en 2015, descendieron una planta, a nuevos libreros, a una nueva casa, donde yo, por primera y única vez, y por poco tiempo, tuve algo llamado «Estudio» o «Habitación propia».

En 2017, comenzó la deriva, nuevamente. Mis libros y yo nos fuimos a una oficina del Centro Provincial del Libro y la Literatura. Ellos y yo, sufrimos lo suficiente, pero sobrevivimos. En 2019, prosiguió la deriva, ahora hacia la calle Tristá. Ellos en sus cajas. Yo, de sobresalto en sobresalto. Luego, me fui al barrio de El Carmen. Los libros se quedaron un tiempo en una librería y luego, me acompañaron.

De allí, una parte de mi Biblioteca terminó en la casa donde aún vivo, con mi esposa Irina y otra parte terminó en lo que pudo ser mi casa y no lo fue y allí quedaron, perdidos para siempre, pues no deseo regresar jamás a ese lugar.

Trato de rememorar todos estos años y me hubiese gustado no vivir tantos naufragios. Sobre todo, por ellos, por mis libros. Creo que he fracasado en el empeño de crear una Biblioteca digna. Algo hermoso y abigarrado que pueda donarles a mis hijos. Siempre he vivido en la dispersión, cerrando y abriendo puertas.

Durante todo este tiempo:

  • He robado libros
  • He comprado libros
  • He regalado libros
  • He perdido libros
  • Me han robado libros
  • He dormido y he amanecido con libros
  • He viajado con libros
  • He escrito libros
  • y lo más provechoso: he leído libros: infinitos, enormes, lacerantes, vivos, furibundos, como la venganza y tibios, como las manos de mis hijos…

Ahora, que estoy por cumplir 50 años, se anuncian nuevas rutas, nuevas derivas, nuevos naufragios, otras puertas que se abren a mi destino azaroso…

Fotografía: Cortesía del Autor

Entre mis libros, guardo, como un tesoro, El libro de arena, firmado por Borges y que un día, mi amigo Guillermo Capece me envió desde Buenos Aires. Libros firmados por Cintio, por Fina, por Roberto Fernández Retamar, por David Huerta. Los libros de mis grandes amigos, también firmados: Isván, Edelmis, Alexis y tantos otros. Algunas ediciones príncipes de Octavio Paz, que tan generosamente me regalara la madre de Anahí Dresser, desde México. El tomo enorme de la Poesía Completa de Lezama, editado por sextopiso.

Los libros estuvieron y estarán. He traído libros de Venezuela, España, Argentina y México. Sé que, a donde quiera que viaje, regresaré con un libro.

Así fue y así será.

Parafraseo a Jesús y digo: «Dejad que los libros vengan a mí…»

Parafraseo a Jesús y agrego: «Dejad que los libros lleguen a ti…»

Santa Clara, verano de 2024

Este artículo fue publicado primero en FaceBook por el autor, el 4 agosto de 2024 y autorizado a publicarse en Claustrofobias Promociones Literarias por el mismo.

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Author: Naskicet Domínguez Pérez