Estos son los plásticos tóxicos que dejaremos de usar gracias a la nueva Ley de Residuos

 

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Ethel Eljarrat, Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA – CSIC)

Nada de pajitas, ni cucharas ni platos de plástico de un solo uso. Además, los hosteleros están obligados a ofrecer agua no envasada de manera gratuita. Son algunas de las medidas más novedosas incluidas en la nueva Ley de Residuos aprobada hace unas semanas en el Congreso. Una ley que también tiene previsto poner en marcha los SDDR (sistemas de depósito, devolución y retorno de envases plásticos) y la obligación de dedicar al menos el 20% de la superficie de los supermercados a la venta de productos sin embalaje.

Pero, sin duda, la medida aprobada que más debates ha suscitado durante la tramitación de la Ley ha sido la prohibición del uso de algunas sustancias peligrosas en envases de alimentos. Concretamente, en diciembre de 2021 el Congreso aprobó la enmienda que prohibía el uso de ftalatos y bisfenol A (BPA) en envases. Posteriormente, el Senado anuló esta prohibición. Y ya de vuelta al Congreso, se consiguió recuperar la enmienda inicial.

¿Por qué tantos vaivenes? ¿Qué son estos compuestos? ¿Por qué distintas entidades sociales y científicas han apoyado la prohibición de su uso en los envases?

El bisfenol A y los ftalatos

El BPA y los ftalatos son sustancias químicas de alto volumen de producción que se utilizan desde hace varias décadas para fabricar plásticos. El BPA proporciona robustez a los plásticos, y se usa principalmente para fabricar policarbonato y resinas epoxi. Los ftalatos, por su parte, proporcionan flexibilidad, y se usan para fabricar cloruro de polivinilo (PVC).

Esas siglas –BPA y PVC– nos suenan a todos porque con ellos se fabrican botellas reutilizables, vajillas y recipientes de almacenamiento. Además de que están presentes en recubrimientos protectores y láminas para latas de bebidas y alimentos.

El peligro reside en que tanto el BPA como los ftalatos pueden migrar en pequeñas cantidades a los alimentos y bebidas almacenados en los materiales plásticos que los contienen. Eso hace que todos estemos expuestos a estos compuestos de forma continuada. Y aunque esta exposición no provoca efectos adversos inmediatos, sí que produce una toxicidad crónica. Incluso concentraciones pequeñísimas (del orden de partes por billón) pueden provocar daños a largo plazo.

¿Qué tipo de daños exactamente? Tanto el BPA como los ftalatos son disruptores endocrinos, lo que quiere decir que alteran nuestras funciones hormonales. Existen evidencias científicas de que el BPA puede afectar al desarrollo neurológico en los niños, reducir la fertilidad, y desencadenar diabetes y obesidad. También se asocia con el cáncer de próstata.

En cuanto a los ftalatos, algunos están vinculados a resultados reproductivos y metabólicos adversos. Y también existen estudios que los relacionan con un mayor riesgo de problemas de aprendizaje, atención y comportamiento de los niños.

Con semejante currículum, es lógico que la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) haya establecido niveles de ingesta diaria tolerable (TDI) para estos compuestos. Se trata de una estimación de la cantidad de una sustancia que se puede ingerir diariamente durante toda la vida sin un riesgo apreciable.

En su evaluación de riesgos de 2015, la EFSA estableció una TDI para el BPA de 4 microgramos por kilogramo de peso corporal y por día. Pero, recientemente, en diciembre de 2021, el Panel de Expertos de la EFSA redujo esta TDI en 100 000 veces, hasta 0,04 nanogramos por kilogramo de peso corporal y por día. Esta reducción es consecuencia de los nuevos estudios científicos que han surgido desde 2013, y particularmente aquellos que indican efectos adversos del BPA en el sistema inmunológico.

El problema es que si comparamos la exposición media estimada al BPA a través de la dieta con los nuevos valores de TDI, el nuevo valor máximo aconsejado se supera con creces. Por eso es tan necesario reducir los niveles de exposición actual a este compuesto. Y para lograrlo, se requieren medidas más restrictivas como las que recoge la nueva Ley de Residuos.

No es la primera vez que el BPA cobra protagonismo. En 2011 la Unión Europea ya prohibió el uso del BPA en los biberones y en juguetes infantiles. Y en 2018 se prohibió su uso en cualquier envase alimentario para niños de 0 a 3 años. Si bien es cierto que la prohibición en cualquier tipo de envases no existe a nivel de la Unión Europea, otros países como Francia ya prohibieron en el 2014 su uso en todos los usos alimentarios, aplicando el principio de precaución.

Que no sea peor el remedio que la enfermedad

La nueva Ley de Residuos supone un importante avance en la eliminación de compuestos tóxicos para mejorar la salud humana. Sin embargo, no hay que olvidar que el BPA y los ftalatos no son los únicos disruptores endocrinos presentes en los materiales de uso cotidiano. Existen más de 3 000 sustancias químicas diferentes asociadas a los materiales plásticos. De ellas, más de 60 están caracterizadas como sustancias de alto riesgo para la salud y requerirían medidas similares.

Por otro lado, será necesario controlar también las alternativas químicas que surgen en sustitución de los compuestos ahora prohibidos. Por ejemplo, el Bisfenol S (BFS) o el Bisfenol F (BPF) aparecen como alternativas al BPA. Se trata de productos químicos de estructura y propiedades muy similares y, por consiguiente, su impacto medioambiental y en la salud humana es similar al de su antecesor.

Lo mismo ocurre con los ftalatos. La Unión Europea y los Estados Unidos han restringido el uso de algunos ftalatos, como el di(2-etilhexil) ftalato (DEHP) y el di-butilftalato (DBP), en algunos productos comerciales. Como resultado, otros plastificantes como el adipato de di(2-etilhexilo) (DEHA), el éster de diisononilo del ácido dicarboxílico de 1,2-ciclohexano (DINCH) y el tereftalato de di(2-etilhexilo) (DEHT) han entrado en juego para reemplazarlos. Es necesario disponer de estudios sobre los posibles efectos de estos nuevos compuestos, y poder evaluar si este reemplazo es seguro o no.

También debemos reflexionar sobre el rastro de todos estos compuestos tóxicos en la llamada economía circular. Para lograr una economía circular, debemos ser capaces de controlar la contaminación en todas las etapas del ciclo de vida de un producto, incluida la etapa de reciclaje.

La única pega es que los compuestos químicos, como el BPA o los ftalatos, presentes en los diferentes residuos, pueden ser liberados durante los diversos procesos de reciclaje y recuperación. Es más, también pueden estar presentes en los productos producidos a partir de materiales reciclados.

En consecuencia, debemos controlar su presencia en todos los materiales que ya los contienen y que, al reciclarse, reintroducen estos compuestos tóxicos en nuestro medio ambiente impactando de nuevo en nuestra salud.

Avanzar en el etiquetado es esencial

Por otro lado, hay que considerar que, cuando un producto llega a una planta de reciclaje, han pasado varios años desde su fabricación, por lo que, a menudo, algunos compuestos químicos permitidos en aquel momento han dejado de estarlo. Se genera así un problema para las plantas de reciclaje, ya que es muy difícil, por no decir imposible, poder discriminar entre los residuos que un determinado compuesto químico contiene y los que no.

Por ello, es necesario avanzar en el etiquetado de los productos comerciales. Los productores deberían proporcionar etiquetas del producto que contengan información sobre todos los aditivos químicos presentes, a fin de facilitar su discriminación en las plantas de reciclaje.

Podemos concluir que la nueva Ley de Residuos es un importante paso adelante en la protección de la salud humana, pero que aún queda mucho recorrido por delante para poder minimizar los impactos negativos en nuestra salud por la presencia de disruptores endocrinos en los materiales de uso común.

Ethel Eljarrat, Investigadora Científica del Departamento de Química Ambiental, Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA – CSIC)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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