De maestra a constituyente por elección del pueblo

Con la frente en alto y sus maletines de trabajo en la mano, conscientes de la importancia de la misión que les correspondía, un grupo de 51 panameños hacía su entrada triunfal en el Teatro Nacional en la mañana del 15 de junio de 1945 para dar inicio a la Asamblea Nacional Constituyente, la segunda en la historia del país.

Allí estaban el abogado Jorge Isaac Fábrega; el intelectual Diógenes de la Rosa; el exalcalde Mario Galindo, el escritor Gil Blas Tejeria; el doctor Cecilio Castillero; el empresario y futuro presidente de la República Ernesto de la Guardia; los empresarios Max Delvalle y Leopoldo Arosemena; el educador Max Arosemena… todos elegidos en voto popular el 6 de mayo anterior.

La Asamblea que tendría la responsabilidad de elaborar la segunda constitución de la República (Constitución de 1946) estaría dominada por empresarios (46%), profesionales de prestigio (31%): médicos, abogados, ingenieros, periodistas, pertenecientes en su mayoría a las capas altas y medias del país.

La novedad era la participación de las mujeres. Dos de ellas. Ante la oportunidad de participar por primera vez en la historia en unas elecciones populares como candidatas y votantes, decenas de ellas habían lanzado su candidatura. Solo dos obtuvieron la curul.

Una era la conocida educadora Esther Neira de Calvo, directora del Liceo de Señoritas, y miembro de una familia de reconocido prestigio e influencia en el país.

La otra, una humilde maestra de 35 años, hija de padre afrodescendiente y madre indígena, sin grandes conexiones en las esferas políticas y económicas de poder.

¿Cómo había llegado Gumersinda Páez, huérfana desde los 15 años, a tan importante cargo? ¿Cómo había logrado imponerse sobre candidatos de prestigio y apellidos conocidos como el doctor Daniel Chanis, Carlos Morales, Rogelio Arosemena, Alberto Navarro o Francisco Filós?

HISTORIA PERSONAL

Gumercinda Páez no era una política ni mujer tradicional.

‘A los quince años, huérfana de padre y madre, comencé la lucha por la vida’, recordaría posteriormente en una entrevista concedida a la periodista Mayín Correa y publicada en el periódico El Día en el año 1963.

Había nacido en el año 1910 y desde muy joven sufrió las calamidades que afectaban a las grandes mayorías de la población. En una sociedad marcada por las diferencias sociales, ella vio de cerca el sufrimiento del pueblo, batido por la discriminación, la pobreza, el desempleo, la escasez de viviendas, la falta de acceso a cuidados de salud, la alta tasa de analfabetismo, el racismo, discriminación, la falta de instituciones del Estado y la corrupción.

La muerte de su padre la obligó a abandonar la Escuela de Señoritas de Santa Ana, a la que acudía, para ayudar a mantener a sus tres hermanos. Primero se ganó la vida reparando máquinas de escribir, labor que aprendió en la Escuela de Artes y Oficios.

Como muchos otros de los grupos en desventaja, descubrió desde temprana edad que debía trabajar el doble para alcanzar cualquier objetivo que se trazara. Por eso, después de las jornadas diarias de trabajo acudía en horario nocturno al Instituto Nacional, donde fue obteniendo en los siguientes años una serie de diplomas que la acreditaron como perito mercantil, bachiller en ciencias y maestra de enseñanza primaria. Con este último título, logró dejar el trabajo mecánico que realizaba para emplearse como maestra, primero en una escuela en la provincia de Darién y luego en Macaracas y Chilibre.

Pero ella no era una persona conformista. Con el anhelo de seguir formándose, seguiría acudiendo a clases para obtener en 1945 una licenciatura en Humanidades de la Universidad de Panamá y hacer tres años de estudios de derecho.

CONOCIDA PRO EL PUEBLO

En 1944, cuando se hizo la convocatoria para elegir a los delegados de la Asamblea Nacional Constituyente, Gumersinda Páez había logrado escalar con mucho esfuerzo a la posición de subdirectora de la Escuela República de Venezuela.

Decidida a impulsar una agenda popular y feminista, decidió lanzarse como candidata con el apoyo de la Liga Patriótica Femenina y del Partido Nacional Revolucionario.

La campaña política fue intensa. Las mujeres que se involucraron en esta aventura (Esther Neira, Clara González, Ernestina de Martínez, Marina Ucrós y muchas otras), debieron recorrer el país participando en reuniones, conferencias y charlas radiofónicas, con el fin de animar a sus congéneres a votar.

DRAMATURGA

Pero había algo que distinguía a Gumersinda sobre otros candidatos con mayor influencia política y económica: durante los 16 años que había laborado como maestra y profesora, se había ganado el favor de los padres de familia y el amor de los estudiantes. No solo era su desempeño en el salón de clases, sino el apoyo que daba al crecimiento de los estudiantes y al desarrollo de su personalidad.

Gumersinda Páez era una dramaturga aficionada, que escribía obras de teatro para que sus alumnos las representasen. Cada fecha cívica era una oportunidad para representar una velada: el 14 o 24 de julio, en que se conmemoraban el día de la Revolución Francesa o el natalicio del libertador Simón Bolívar, los días patrios, como 3 o 4 de noviembre (Biografía incluida en Protagonistas del siglo XX panameño , por Julio Bermúdez y Berta Valencia Mosquera).

Sus obras gustaban tanto que en una época en que todavía no se conocían las radionovelas, treinta y cuatro de sus dramas fueron radiados a través de La Voz de Panamá y Radio Chocú, patrocinados por el Ministerio de Educación.

El público se identificaba con los personajes y encontraba en los desenlaces respuestas a sus inquietudes.

‘Ella se compenetra subjetiva y objetivamente con la realidad popular y la lleva a las tablas, no como una visión panorámica sino como un dinamismo vivo de anhelo de una vida mejor’, diría Julio B. Sosa en relación a sus obras, calificando a la autora como la precursora del ‘teatro social’ panameño.

En la obra ‘La hija del pirata’, recoge el drama de la hija abandonada, cuyo padre se va a recorrer el mundo sin recordar que ha engendrado una hija, a la que se encuentra después ya hecha una adulta.

En ‘Mira los clavos’, retrata la difícil vida de un hogar humilde, en el que la madre se ve obligada a hacer grandes sacrificios para criar sola a su hijo, que no agradece sus esfuerzos y la denigra.

ASAMBLEA CONSTITUYENTE

Como delegada de la provincia de Panamá en la Asamblea Constituyente, Páez no desilusionó a sus votantes. Defendió la creación de guarderías infantiles, el reconocimiento de la paternidad y el matrimonio de hecho; la igualdad de derechos de las mujeres en temas salariales; apoyó la inclusión del fuero de maternidad en el código de trabajo y defendió a grupos antillanos y sus ideas religiosas.

Con su labor responsable e inteligente, se ganó el respeto de sus compañeros delegados, que la eligieron vicepresidenta de la cámara durante el tercer debate del proyecto de constitución. Era la primera vez que una mujer ocupaba esta posición, no solo en Panamá, sino en el mundo conocido.

Su presencia en la asamblea, su elección como vicepresidenta, fueron un acontecimiento, no solo para el pequeño istmo de Panamá, sino para la región latinoamericana y el escenario mundial, en momentos en que la mujer luchaba por no ser considerada ciudadana de segunda categoría.

El primero de marzo de 1946 fue aprobada la nueva Constitución del país. En los años siguientes, tanto Gumersinda Páez como Esther Neira de Calvo gozaron de una gran notoriedad internacional.

Pero ni siquiera estos logros fueron suficientes para evitar el arraigado racismo y discriminación imperantes. En 1947, cuando viajó en representación de Panamá a Guatemala para presidir el Primer Congreso Interamericano de Mujeres, sufrió humillaciones por parte de las otras mujeres delegadas que veían con malos ojos la presencia de una afrodescendiente entre ellas.

La misma Gumersinda relató a la periodista panameña Eva Montilla (Diario La Republica , 1980) que durante el congreso incluso un periódico guatemalteco publicó una caricatura en la que se burlaba del color de su piel.

‘He sufrido muchísimo por el egoísmo de otras mujeres’, le comentó a Montilla en el curso de la entrevista, cuando ya era una anciana de 70 años, casi ciega.

En 1947, el gobierno de Panamá la nombró embajadora a la Conferencia Mundial de la Unesco, en México, pero el representante diplomático panameño en ese país no permitió que ocupara esta posición.

Sin embargo, los organizadores supieron del problema y la invitaron como huésped de honor y le asignaron el privilegio de dirigir la ceremonia de clausura. En esta ocasión fue vitoreada y homenajeada de múltiples formas.

En los años siguientes, Páez llegó a cartearse con personas de la talla de Gabriela Mistral, Eleanor Roorsevelt, Mammie Eisenhower y las doctoras Magdalena Espínola y Elsie Druri, quienes le manifestaron su aprecio.

Sin embargo, su periodo de actividad no duraría mucho tiempo. A los 50 y tantos años de edad empezó a sufrir quebrantos de salud y debió acogerse a un retiro anticipado de las labores profesionales. Sin tener edad para una jubilación, lo irrisorio de su pensión la obligó a arrimarse a su familia para substir.

Después de residir olvidada del mundo en Veracruz, durante largos años, murió de dolencias cardiacas y casi ciega en 1991.

La bibliografía señala que Páez dejó una colección de sus obras (‘Espirales de Humo’, ‘Boril’, ‘Remordimiento’, ‘Lujo Moderno’, ‘Mira los clavos’ y otras) recopiladas bajo el título Retacitos de Oro. Sin embargo, las bibliotecas públicas del país no guardan una sola copia.

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